
By Erich Fromm.
Un factor fundamental en la humanización de la sociedad es que las mujeres se liberen del dominio patriarcal. El dominio de los hombres sobre las mujeres empezó hace unos seis mil años en varias partes del mundo, cuando los excedentes agrícolas permitieron alquilar y explotar a los trabajadores, organizar ejércitos, y crear ciudades-Estados poderosas. (Examine el antiguo "matriarcado" y la bibliografía relacionada con éste en La anatomía de la destructividad humana).
Desde entonces, no sólo las sociedades del Medio Oriente y de Europa, sino la mayoría de las culturas del mundo han sido conquistadas por los "hombres asociados" que sometieron a las mujeres. Esta victoria masculina sobre las hembras de la especie humana se basó en el poder económico de los hombres y en el sistema militar que crearon.
La guerra de los sexos es tan antigua como la lucha de clases; pero sus formas son más complicadas, ya que los hombres han necesitado a las mujeres no sólo como bestias de carga, sino también como madres, amantes y fuentes de placer. Las formas de la guerra de los sexos a menudo son francas y brutales, pero más a menudo ocultas. Las mujeres se rinden a la fuerza superior, pero luchan con sus propias armas, y la principal es poner en ridículo a los hombres.
El sometimiento de la mitad de la especie humana por la otra mitad causó, y aún causa, inmenso daño a ambos sexos, los hombres representan el papel de vencedores, y las mujeres el de víctimas. Ninguna relación entre un hombre y una mujer, aún hoy día, y hasta entre los que conscientemente protestan contra la supremacía masculina, está libre entre los hombres de un sentimiento de superioridad o, entre las mujeres, de un sentimiento de inferioridad. (Freud, que indudablemente creía en la superioridad masculina, por desgracia supuso que el sentimiento de impotencia de las mujeres se debía a la supuesta envidia del pene, y a que los hombres se sentían inseguros debido al supuesto "temor universal a la castración". En este fenómeno nos enfrentamos a los síntomas de la lucha entre los sexos, y no a diferencias biológicas y anatómicas en sí.)
Muchos datos muestran cómo el dominio de los hombres sobre las mujeres se parece al dominio de un grupo sobre otros grupos impotentes. Por ejemplo, considérese la similitud entre la situación de los negros en el sur de los Estados Unidos hace 100 años, y la de las mujeres en esa época, y aun hoy día. Los negros y las mujeres eran comparados con los niños; se suponía que eran sensibles, ingenuos, sin sentido de la realidad, así que no podía permitírselas tomar decisiones; se suponía que eran irresponsables, pero encantadores. (Freud añadió a la lista de defectos el hecho de que las mujeres tenían una conciencia -superego- menos desarrollada que los hombres, y eran más narcisistas.)
El ejercicio del poder sobre los más débiles es la esencia del patriarcado existente, y también del dominio sobre las naciones no industrializadas, sobre los niños y los adolescentes. El vigoroso movimiento de liberación femenina es de enorme importancia, porque amenaza el principio del poder en que se basa la sociedad contemporánea (ya sea capitalista o comunista), es decir, si las mujeres claramente indican como liberación el que no desean compartir el poder masculino sobre otros grupos, como el poder sobre los pueblos colonizados. Si el movimiento de liberación femenina puede identificar su propio papel y funciona como representante del "antipoder", las mujeres tendrán una influencia decisiva en la batalla por crear una nueva sociedad.
Ya han empezado a realizarse cambios básicos liberadores. Quizá un historiador del futuro informará que el suceso más revolucionario en el siglo XX fue el inicio de la liberación femenina y la decadencia de la supremacía masculina; pero la lucha por la liberación femenina sólo ha comenzado, y no puede menospreciarse la resistencia que ofrecerán los hombres. Todas sus relaciones con las mujeres (incluso las relaciones sexuales) se han basado en una supuesta superioridad, y han empezado a sentirse muy incómodos y angustiados frente a las mujeres que se niegan a aceptar el mito de la superioridad masculina.
Íntimamente relacionada con el movimiento de liberación femenina se encuentra la actitud antiautoritaria de los jóvenes. Este antiautoritarismo tuvo su máxima expresión a fines de la década de 1960; hoy día, a través de numerosos cambios, muchos que se rebelaron contra el "establecimiento" se han vuelto esencialmente "buenos"; sin embargo, se ha eliminado el antiguo culto a los padres y otras autoridades, y seguramente no retornará el antiguo temor reverenciar a la autoridad.
Esta emancipación de la autoridad es paralela a la liberación de los sentimientos de culpa por el sexo: seguramente el sexo ha dejado de ser inmencionable y pecaminoso. Pueden diferir las opiniones sobre los méritos relativos de muchas facetas de la revolución sexual, pero seguramente el sexo ya no nos asusta, ni puede utilizarse para inculcar el sentimiento de culpa, y por consiguiente para imponer la sumisión.
Desde entonces, no sólo las sociedades del Medio Oriente y de Europa, sino la mayoría de las culturas del mundo han sido conquistadas por los "hombres asociados" que sometieron a las mujeres. Esta victoria masculina sobre las hembras de la especie humana se basó en el poder económico de los hombres y en el sistema militar que crearon.
La guerra de los sexos es tan antigua como la lucha de clases; pero sus formas son más complicadas, ya que los hombres han necesitado a las mujeres no sólo como bestias de carga, sino también como madres, amantes y fuentes de placer. Las formas de la guerra de los sexos a menudo son francas y brutales, pero más a menudo ocultas. Las mujeres se rinden a la fuerza superior, pero luchan con sus propias armas, y la principal es poner en ridículo a los hombres.
El sometimiento de la mitad de la especie humana por la otra mitad causó, y aún causa, inmenso daño a ambos sexos, los hombres representan el papel de vencedores, y las mujeres el de víctimas. Ninguna relación entre un hombre y una mujer, aún hoy día, y hasta entre los que conscientemente protestan contra la supremacía masculina, está libre entre los hombres de un sentimiento de superioridad o, entre las mujeres, de un sentimiento de inferioridad. (Freud, que indudablemente creía en la superioridad masculina, por desgracia supuso que el sentimiento de impotencia de las mujeres se debía a la supuesta envidia del pene, y a que los hombres se sentían inseguros debido al supuesto "temor universal a la castración". En este fenómeno nos enfrentamos a los síntomas de la lucha entre los sexos, y no a diferencias biológicas y anatómicas en sí.)
Muchos datos muestran cómo el dominio de los hombres sobre las mujeres se parece al dominio de un grupo sobre otros grupos impotentes. Por ejemplo, considérese la similitud entre la situación de los negros en el sur de los Estados Unidos hace 100 años, y la de las mujeres en esa época, y aun hoy día. Los negros y las mujeres eran comparados con los niños; se suponía que eran sensibles, ingenuos, sin sentido de la realidad, así que no podía permitírselas tomar decisiones; se suponía que eran irresponsables, pero encantadores. (Freud añadió a la lista de defectos el hecho de que las mujeres tenían una conciencia -superego- menos desarrollada que los hombres, y eran más narcisistas.)
El ejercicio del poder sobre los más débiles es la esencia del patriarcado existente, y también del dominio sobre las naciones no industrializadas, sobre los niños y los adolescentes. El vigoroso movimiento de liberación femenina es de enorme importancia, porque amenaza el principio del poder en que se basa la sociedad contemporánea (ya sea capitalista o comunista), es decir, si las mujeres claramente indican como liberación el que no desean compartir el poder masculino sobre otros grupos, como el poder sobre los pueblos colonizados. Si el movimiento de liberación femenina puede identificar su propio papel y funciona como representante del "antipoder", las mujeres tendrán una influencia decisiva en la batalla por crear una nueva sociedad.
Ya han empezado a realizarse cambios básicos liberadores. Quizá un historiador del futuro informará que el suceso más revolucionario en el siglo XX fue el inicio de la liberación femenina y la decadencia de la supremacía masculina; pero la lucha por la liberación femenina sólo ha comenzado, y no puede menospreciarse la resistencia que ofrecerán los hombres. Todas sus relaciones con las mujeres (incluso las relaciones sexuales) se han basado en una supuesta superioridad, y han empezado a sentirse muy incómodos y angustiados frente a las mujeres que se niegan a aceptar el mito de la superioridad masculina.
Íntimamente relacionada con el movimiento de liberación femenina se encuentra la actitud antiautoritaria de los jóvenes. Este antiautoritarismo tuvo su máxima expresión a fines de la década de 1960; hoy día, a través de numerosos cambios, muchos que se rebelaron contra el "establecimiento" se han vuelto esencialmente "buenos"; sin embargo, se ha eliminado el antiguo culto a los padres y otras autoridades, y seguramente no retornará el antiguo temor reverenciar a la autoridad.
Esta emancipación de la autoridad es paralela a la liberación de los sentimientos de culpa por el sexo: seguramente el sexo ha dejado de ser inmencionable y pecaminoso. Pueden diferir las opiniones sobre los méritos relativos de muchas facetas de la revolución sexual, pero seguramente el sexo ya no nos asusta, ni puede utilizarse para inculcar el sentimiento de culpa, y por consiguiente para imponer la sumisión.
Psic. ERICH FROMM